| ¿Por qué un psicólogo? |
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El estilo de vida actual nos conduce en muchas ocasiones a multitud de problemas que nos apartan de la felicidad a la que todos aspiramos. El estrés y/o las obligaciones, la presión social, etc., ponen a prueba nuestras estrategias para afrontar la vida. En otras ocasiones problemas concretos en distintas áreas como laboral, de pareja, interpersonal o simplemente no haber conseguido lo que deseamos nos conducen a sentirnos angustiados, tristes, irascibles, etc. También es posible que determinadas características personales como la tendencia a pensar en exceso, los déficit de habilidades sociales, la falta de confianza en uno mismo, la educación que se ha recibido o algunos rasgos de personalidad nos traigan problemas emocionales.
El
psicólogo es una opción, un recurso para poder resolver aquellas
situaciones o momentos personales que nos hacen sufrir en exceso o nos
bloquean. El trabajo de la psicología no consiste en convertirnos en otras personas, sino en sacar a la luz, potenciar o modificar aquellos recursos que la persona ya posee, pero que por determinadas circunstancias no pone en funcionamiento para resolver dicho problemas. No se trata de cambiar lo que somos, sino de no aferrarnos a nada, abrir los ojos y el corazón. En muchas ocasiones el objetivo vendrá determinado por la aceptación o superación de hechos, relaciones, etc. que hayamos vivido y que nos bloquean impidiéndonos avanzar, haciéndonos caminar por la vida con mucho más peso del que podemos soportar. Es difícil resumir todas las posibles situaciones en que un psicólogo puede ser útil, pero en definitiva y, llamemos como llamemos al problema: Nuestra conciencia crea realidad, nuestra realidad. Es por ello que para reinventarnos podemos elegir lo que nos va a suceder. Y para que suceda es necesario que nuestro universo sea lo más amplio posible. Seamos capaces de llegar allí donde se instala la emoción y consigamos que ésta pueda ser la brújula que nos ayuda a adaptarnos a nuestra vida. La razón, en ese momento sabrá justificarnos la satisfacción. (Roberto Aguado 2006).
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